martes, julio 15, 2008

Quiero ser aviador...

Grunau-Baby

Volovelismo.

Mi primer vuelo en Borkenberge, constituyó, como era de esperar, un fracaso. Cuando mis compañeros me sujetaron con el cinturón a la cabina situada sobre el patín y que oficiaba de asiento, con la palanca de mando entre las rodillas, el corazón me golpeaba en la garganta. En teoría dominaba todas las maniobras que había menester, pero, ¿cómo se presentarían las cosas en la práctica? ¡Atención!... Tirar del cable... A la carrera... Soltar. La máquina despegó conmigo como despedida por un arco. Empuño desesperadamente la palanca de mando, pero antes de que pueda experimentar la gloriosa y aún desconocida sensación de haberme librado a la gravitación de la tierra, el planeador se dirige raudamente al suelo, como por medio de un ascensor. Evidentemente había «llamado» demasiado. El velero se estremece por el violento impacto, pero afortunadamente no sufre desperfectos mayores. Todo el daño se reduce a unos tensores rotos. Y ya aparece el instructor para agraciarme con un par de palabras poco amables.

La próxima tentativa tuvo un desenlace más afortunado, lo que no bastó para librarme de muchas otras reprimendas del instructor. Siempre sentiré gratitud hacia ese hombre, apellidado Ismer y conocido con el mote de «el largo», que con el correr del tiempo habría de convertirse en uno de mis más fieles amigos. Gracias a su severidad aprendimos todos a volar como se debe hacerlo. En el otoño de 1929, ya me encontraba capacitado para participar en la primera competición de vuelo a vela a celebrarse en esa región.

En lo tocante a los estudios, el distintivo azul con la gaviota blanca que una vez aprobado el llamado examen A, ostentaba en la solapa, me interesaba mucho más que el lamentable hecho de que debía repetir el ingreso al bachillerato, particularmente cuando «el largo» Ismer, tras un vuelo de 34 segundos de duración, me palmoteó la espalda y me aseguró que quizá no era yo un caso completamente perdido.

Seguramente no lo fui, pues aun durante el mismo curso cumplí con los cinco vuelos necesarios para la aprobación del examen B. En cuanto al grado C, que exigía una duración de vuelo de cinco minutos, en aquellos días no parecía posible en Borkenberge. No habíamos penetrado aún en los misterios del volovelismo térmico, que aprovecha los movimientos verticales del aire causados por las distintas radiaciones de la tierra bajo la acción del calor solar. Para volar sobre Rauhen Hang sin pérdida de altura necesitábamos viento Nordeste, que al embestir las alturas del terreno, ascendía. La perfidia del destino quiso que cada vez que soplaban esas brisas propicias, me encontrara enfrascado en algún trabajo de matemáticas o griego, para cuya concienzuda ejecución me había comprometido solemnemente. Y si me encontraba afuera, en el querido Borkenberge, ocurría que el sol guiñaba pícaramente a través del cielo aborregado y no soplaba la menor brisa. En aquel tiempo el record de permanencia en el aire en Borkenberge era de 4 minutos y 45 segundos, y por mi parte logré acercarme con 3 minutos 15 segundos.

Fue entonces, en el otoño de 1931, cuando pasé al curso superior de la enseñanza media, que se me brindó la ocasión de visitar los Montes Rhoen. Allí se practicaba la alta escuela del volovelismo alemán y donde Hirth, Groenhoff, Kromfeld y muchos otros expertos realizaban hazañas excitantes. Tomé parte en un curso para el examen C. Aquello me dio la oportunidad, no sólo de contemplar a los grandes maestros, sino también de volar en los aparatos más perfectos de aquella época. Ya al cuarto día de mi estancia en la Wasserkuppe, trepé a gran altura sobre el campo de entrenamiento con un planeador modelo «Halcón», hasta que –prematuramente a juicio mío– el instructor, siempre preocupado por la seguridad de sus discípulos, me ordenó descender por medio de señales luminosas.
Ese mismo otoño fui otra vez a la Wasserkuppe para participar con varios compañeros del club de Gelsenkírchen, en el tradicional concurso internacional de volovelismo. No regresamos a casa cargados de laureles, pero por mi parte pude anotar en mi haber un hermoso vuelo de una hora, cumplido en nuestro mejor planeador, el «Meyer II», de 20 metros de envergadura, con el cual colmé las condiciones necesarias para la obtención del brevet de piloto de aviones sin motor, documento que a mi regreso me fue extendido por el presidente administrativo de la provincia de Westfalia. Con ello me constituí en el tercero de los pilotos que en mi provincia natal podían volar con todos los tipos de aviones sin motor, dentro o fuera de los campos de adiestramiento. Estaba autorizado a efectuar vuelos a distancia, sobre ciudades y de exhibición en festivales aéreos, y finalmente tenía ya la facultad de adiestrar a otros aficionados. Contaba entonces diecinueve años de edad.

Mientras tanto seguía encadenado a las aulas. El examen del bachillerato se acercaba angustiosamente y no me quedaba otro recurso que dedicarme de lleno a los estudios. Fue un estímulo no despreciable que se me prometiera obsequiarme con un planeador que podía elegir según mis preferencias en cualquier fábrica. Esto constituía el cumplimiento del sueño más osado que hasta entonces había abrigado.

Me decidí por el Grunau-Baby, que aún hoy es construido y empleado en todas las partes del mundo. Mientras se hallaba en construcción en Silesia, me dediqué con mis camaradas de Westerholt a la fabricación de un remolque para el transporte de dicho planeador, según diseños propios.

Terminamos el vehículo exactamente en el término previsto, tras haber invertido en él centenares de horas de trabajo y todo el dinero que logramos economizar o conseguir. Aún hoy me maravilla el idealismo que entonces demostramos todos nosotros, y ante todo el de mis desinteresados ayudantes. Finalmente alcanzamos la meta. El 15 de febrero arribó por ferrocarril el tan ansiado Grunau-Baby; mi Grunau-Baby. Ya el 12 de febrero habían finalizado en el Gimnasio Hindenburg los exámenes de bachillerato de los 24 candidatos existentes. En el certificado de promoción que el director me entregó solemnemente, figuraba, en el renglón «profesión a desempeñar», la anotación: «Galland quiere ser aviador».
Extracto del primer capítulo del libro: ADOLF GALLAND, MEMORIAS –Los primeros y los últimos– Libro de la colección, MEMORIAS DE GUERRA de la editorial Altaya.

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Es una colección muy interesante, y este número en especial aún más.

En el quiosco lo podrás encontrar en el formato que se ve en la imagen.

COLECCIÓN MEMORIAS DE GUERRA

http://www.altaya.es/

1 comentario:

  1. Anónimo6:24 a. m.

    Excelente historia, ciertamente me parece muy interesante el mundo de la aviación y de la adrelina que es surcar los cielos con una gran pasión y determinación durante el momento en que se esta volando en los mas alto que uno puede imaginar.

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